El Plan de Dominicus
La espera me consume
La espera me consume más que el veneno que aún devora mis entrañas.
Los monitores de mi trono-sarcófago zumban con una frecuencia nerviosa.
Hoy… llegan los Templarios Negros.
Frente al Palacio Pío, diez de mis ángeles escarlata —mi farsa vestida de honor—
se alinean, cinco a cada lado de la puerta.
Están perfectos. Estoicos como muros de ceramita.
Mi corazón palpita al ritmo de la trampa.
Cuando Aldous Hakenkreuz y sus guerreros cruzan el umbral, el silencio se rompe.
No por mis palabras, sino por fuego.
Los ángeles sangrientos abren fuego.
Una emboscada. Calculada. Impecable.
Mi corazón se paraliza.
Salto tras el púlpito.
Mi respiración es real. Mi miedo, teatral. Mi fe… útil.
Los Templarios caen uno a uno.
Pero Aldous...
Aldous resiste.
Cierra filas frente al púlpito.
Me cubre como un mártir.
Su pistola de plasma canta. Cada tiro, un falso ángel convertido en ceniza.
Cuando se sobrecarga, libera su espada de energía,
y se lanza como un lobo herido, un cruzado de otro tiempo.
Los supera, uno tras otro.
Pero no es inmortal.
Un tajo. Una cabeza que rueda.
Golpea mis pies como una campana de redención.
Cuatro tiros en mi pecho.
Una punzada.
Oscuridad.
Horas después...
Mi sonrisa es más real que mi fe.
Los servocráneos transmiten la masacre en bucle.
Una escena perfecta.
Una verdad manufacturada.
A un lado, mi viejo cuerpo muerto yace como un cascarón vaciado.
Mi "yo" de repuesto cumplió su función.
Con un gesto, la Guardia Pía borra el rastro:
Los "ángeles sangrientos" se esfuman.
Los templarios, envueltos en paños sagrados, son preparados para su procesión.
Pronto… serán enviados a sus hermanos.
Junto al video.
Una prueba… de herejía.
—"Con esto bastará para convencerles", murmuro.
Pero no todos sonríen.
Desde las sombras, Luzbel aparece.
Su figura es grotesca, su rostro ya no humano.
—"Diez legionarios por tu teatrillo, Dominicus…" —escupe—
"más te vale que esto sirva para ganar a esos fanáticos."
—"¿Acaso no lo ha hecho ya con los lobos?", respondo con una sonrisa.
—"Los templarios son más… devotos."
Le hago callar con un gesto.
Su furia es palpable, pero obedece.
Se retira entre las columnas, hacia los subniveles.
Es el momento.
Mi trono-sarcófago se eleva por detrás del púlpito.
Las puertas se abren.
Una multitud me ovaciona. Fieles. Adoctrinados. Ciegos.
Aún resbalan gotas de sangre negra por los escalones.
Pero nadie las ve.
Todos miran hacia el Profeta del Trono,
sin saber que los hilos de su fe
los atan a un cadáver con voz dulce y alma podrida.
¿Y los Templarios?
Oh…
Ellos vendrán.
Y cuando lo hagan,
serán los próximos en morir por mi causa.
Bendito sea el Emperador.
Bendita sea mi verdad.
Bendito sea el plan.
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