Los Jardines del Último Latido
Fragmento encontrado en un códice corroído, sin autor reconocido
He seguido a Pandemius a través de mundos que ya no existen.
He escuchado sus plegarias en lenguas olvidadas.
He visto cómo sus fracasos se transformaban en semillas.
Semillas que ahora germinan en Ferrum.
Su obsesión no nació en esta campaña.
No nació en la plaga, ni en la disformidad, ni en la carne que se pudre sin cesar.
Nació en el momento en que entendió que la muerte no es suficiente.
Desde entonces, ha perseguido un propósito que ni siquiera Typhus llegó a comprender.
No conquistar. No destruir. No infectar.
Liberar.
Liberar a todos los seres vivos de la maldición que nos ata a ciclos sin sentido: nacimiento, miedo, muerte.
Liberarnos de la condena de los relojes.
Del peso de los pulsos.
Del eco de los calendarios.
Romper la jaula que todos los dioses han aceptado como eterna.
Ferrum es su última llave.
No porque sea el lugar más poderoso.
No porque otros lo deseen.
Sino porque aquí, el corazón aún late.
El reloj aún tiembla.
La grieta se ha abierto. La disformidad lame los bordes de este cadáver planetario. Las campanas oxidadas repican en el eco púrpura, y Pandemius las escucha. No como una señal de guerra, sino como una llamada.
Aquí, me ha dicho, podrá sembrar el jardín definitivo.
Uno donde las raíces devoren al tiempo.
Donde los cuerpos florezcan sin límite ni final.
Donde la muerte no sea el fin… pero tampoco sea la condena.
Un lugar donde todos —humanos, orkos, tiránidos, ángeles, espectros, incluso los dioses— puedan ser libres de sus relojes.
Su cruzada no es por victoria.
Es por ruptura.
Los necrones vienen. Los orkos rugen. El Imperio se aferra a sus brasas. Todos creen luchar por algo. Todos creen que sus armas tienen sentido.
Solo Pandemius ha visto el jardín al otro lado.
Quizá fracasemos. Quizá volvamos a caer, como tantas veces. Pero no importa.
El reloj ya tiembla.
El corazón ya late.
Las campanas ya suenan.
Y Pandemius…
Pandemius ya ha sembrado la semilla.
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