Cassior Thravian, el Vigilante de las Puertas Doradas
El eco de sus pasos resonaba como campanadas de plomo sagrado a través de la Cámara de los Juramentos, en lo profundo del Palacio Imperial de Terra. Allí, donde incluso el tiempo parecía inclinarse ante la voluntad del Trono Dorado, Cassior Thravian aguardaba, inmóvil como una estatua esculpida en oro viviente. Su armadura centelleaba con la luz del trono eterno.
Cassior no era un Custodio cualquiera. Era el Vigilante de las Puertas Doradas, Shield-Captain de los Adeptus Custodes, y uno de los pocos mortales a los que se les permitía caminar en la penumbra sagrada más allá del Trono. En su pecho ardía un juramento sellado con sangre, fe, y fuego.
Valentín O’Rossi, antiguo capitán de los Ángeles Sangrientos en Ferrum, había desaparecido sin dejar más que cenizas y destrucción. La colmena Ferrum, otrora próspero bastión industrial del Imperio, se había precipitado en la oscuridad. Las fuerzas imperiales habían fracasado. La mayor parte de Astra Militarum y Adeptus Astartes se habían retirado. Códices de datos hablaban de la corrupción del Caos, del asedio de fuerzas xenos no identificadas, de abominaciones que desgarraban la realidad.
La orden no llegó con palabras, sino con el silencio del Trono. Bastó un gesto. Una mirada de aquellos cuya voluntad es la del mismísimo Emperador.
Cassior inclinó la cabeza, aceptando la misión sin necesidad de más. Sus órdenes eran simples en forma, imposibles en ejecución: "Purga Ferrum. Restaura el orden. Lleva la voluntad del Emperador donde otros han caído."
Él no pidió refuerzos. Los Custodes no piden. Ellos cumplen su cometido.
A bordo de la nave de despliegue "Aeternum Fidelis", Cassior partió con un destacamento de sus iguales: guerreros esculpidos por la genética, templados por mil guerras, armados con la luz de Terra. Su espada, Veritas Sanguinem, descansaba en su espalda como una promesa de extinción para todos aquellos que osaran desafiar la visión divina.
Cassior no temía. Había caminado entre los escombros de Cadia. Había hecho retroceder a demonios con su sola presencia. Había hecho callar a un Primarca Traidor con una mirada.
Ahora, su mirada se dirigía hacia Ferrum.
Y cuando Cassior Thravian mira… la galaxia tiembla.
"Que cada latido de mi corazón sea un golpe contra la oscuridad. Que cada paso que dé resuene como un juicio eterno. Yo soy el custodio del juramento eterno. Yo soy la espada que no cae."

No hay comentarios:
Publicar un comentario