Fragmento de los archivos apócrifos del Palacio Pío
El portón principal del Palacio Pío tembló cuando Klaus BloodLust lo cerró con un estruendo metálico. Sus guardias lobos tomaron posición, bolter en mano, los colmillos húmedos por la anticipación de la matanza. A pocos pasos, los Templarios Negros entonaban sus letanías al Dios-Emperador, golpeando sus espadas contra el suelo de mármol ennegrecido mientras esperaban el asalto de los Custodes y de la Guardia traidora.
Dominicus, en cambio, no miró atrás. Se adentró más en las entrañas del Palacio, sus pasos arrastrados resonando en corredores que olían a incienso rancio y sangre fresca. Cada respiración era un suplicio: la vieja herida ardía, pulsante, como si Slaanesh mismo se deleitara en recordarle que el precio nunca había sido perdonado.
Los gritos de mutantes grotescos resonaban en talleres ocultos; cuerpos deformes trabajaban en torno a jaulas, crisoles y máquinas quirúrgicas. Dominicus los ignoró. Avanzaba hacia un solo punto: la sala de la Araña.
Allí estaba Fabius, su silueta apenas reconocible tras una mampara iluminada con frías luces quirúrgicas. Una figura convulsionaba bajo sus herramientas, despojada ya de cualquier humanidad. Fabius apenas levantó la vista, sus ojos fríos como el bisturí que manejaba.
—Casi está listo —dijo sin inmutarse—. Pero aún necesitamos al Charlatán.
La palabra quedó suspendida en el aire como veneno.
En la penumbra, Luzbel cerró los puños, las venas del cuello tensas. La cólera contenida vibraba en su voz cuando habló:
—Los rituales ya se han ejecutado en cada punto de la colmena. Ocho círculos, ocho sacrificios. Solo falta el gran ritual. El Proyecto Vitas alcanzará su cenit… si el carnicero cumple con su parte.
El bisturí de Fabius se detuvo un instante. El silencio fue más elocuente que cualquier protesta. Luego, con un chasquido de hueso y una nueva incisión, replicó:
—Solo necesito una cosa. Y la recuperaré yo mismo.
Los labios de Dominicus esbozaron una sonrisa amarga. El Apóstol Oscuro se retiró a sus aposentos, complacido en apariencia, aunque sus entrañas ardían con la herida y con las dudas. El espejo de su cámara lo esperaba, y en él no vio a un hombre. Dos carbones rojos le devolvieron la mirada, brillando un instante antes de desvanecerse. Fingió ignorarlo y se dejó caer en el sueño.
Pero las sombras no duermen. Be’lakor se deslizó como humo a través del resquicio de la puerta, observando el descanso febril de Dominicus.
“Si el Proyecto Vitas llega a consumarse, podría ser… útil”, pensó la Sombra.
Y desapareció con un siseo, fundiéndose en la oscuridad que la propia fe corrompida del Palacio proyectaba.