Fragmento de los archivos apócrifos del Palacio Pío

Muerte en las calles - Ciclo 1

Fragmento de los archivos apócrifos del Palacio Pío


El portón principal del Palacio Pío tembló cuando Klaus BloodLust lo cerró con un estruendo metálico. Sus guardias lobos tomaron posición, bolter en mano, los colmillos húmedos por la anticipación de la matanza. A pocos pasos, los Templarios Negros entonaban sus letanías al Dios-Emperador, golpeando sus espadas contra el suelo de mármol ennegrecido mientras esperaban el asalto de los Custodes y de la Guardia traidora.

Dominicus, en cambio, no miró atrás. Se adentró más en las entrañas del Palacio, sus pasos arrastrados resonando en corredores que olían a incienso rancio y sangre fresca. Cada respiración era un suplicio: la vieja herida ardía, pulsante, como si Slaanesh mismo se deleitara en recordarle que el precio nunca había sido perdonado.

Los gritos de mutantes grotescos resonaban en talleres ocultos; cuerpos deformes trabajaban en torno a jaulas, crisoles y máquinas quirúrgicas. Dominicus los ignoró. Avanzaba hacia un solo punto: la sala de la Araña.

Allí estaba Fabius, su silueta apenas reconocible tras una mampara iluminada con frías luces quirúrgicas. Una figura convulsionaba bajo sus herramientas, despojada ya de cualquier humanidad. Fabius apenas levantó la vista, sus ojos fríos como el bisturí que manejaba.

—Casi está listo —dijo sin inmutarse—. Pero aún necesitamos al Charlatán.

La palabra quedó suspendida en el aire como veneno.

En la penumbra, Luzbel cerró los puños, las venas del cuello tensas. La cólera contenida vibraba en su voz cuando habló:

—Los rituales ya se han ejecutado en cada punto de la colmena. Ocho círculos, ocho sacrificios. Solo falta el gran ritual. El Proyecto Vitas alcanzará su cenit… si el carnicero cumple con su parte.

El bisturí de Fabius se detuvo un instante. El silencio fue más elocuente que cualquier protesta. Luego, con un chasquido de hueso y una nueva incisión, replicó:

—Solo necesito una cosa. Y la recuperaré yo mismo.

Los labios de Dominicus esbozaron una sonrisa amarga. El Apóstol Oscuro se retiró a sus aposentos, complacido en apariencia, aunque sus entrañas ardían con la herida y con las dudas. El espejo de su cámara lo esperaba, y en él no vio a un hombre. Dos carbones rojos le devolvieron la mirada, brillando un instante antes de desvanecerse. Fingió ignorarlo y se dejó caer en el sueño.

Pero las sombras no duermen. Be’lakor se deslizó como humo a través del resquicio de la puerta, observando el descanso febril de Dominicus.

“Si el Proyecto Vitas llega a consumarse, podría ser… útil”, pensó la Sombra.

Y desapareció con un siseo, fundiéndose en la oscuridad que la propia fe corrompida del Palacio proyectaba.

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Sangre y herejía a los pies de El Palacio Pío.

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Palacio Pío


(Narrado en primera persona por el Capitán Raldeo Seth)

El eco de mis pasos arrastrados contra las losas del Palacio Pío aún me retumba en la cabeza. El aire estaba saturado de incienso, de fe y de miedo. La multitud se apretujaba a ambos lados del patio interior, guardias piadosos y feligreses con los ojos enrojecidos por el fervor… o por el odio. Cada uno de ellos ansiaba ver mi final.

Al pie de la escalinata me aguardaba mi destino. Arriba, sobre un trono sostenido por máquinas de vida, yacía Dominicus el Pío. Su rostro estaba pálido, enfermo, marcado por la corrupción oculta que trataba de disfrazar bajo tubos y glifos sagrados. A su izquierda, imponente y salvaje, estaba Klaus BloodLust, Señor Lobo de los Devoradores de Estrellas, que tantas veces había dado caza a mis hermanos desde la promulgación del Edicto Carmesí. A la derecha, con la serenidad marcial de la fe implacable, Erik Bloodhelm, Mariscal de los Templarios Negros en el sector, el verdugo que más vidas había segado en nombre del Emperador.

Dominicus me miraba con aquella sonrisa… una mueca que rezumaba veneno y triunfo. No necesitó pronunciar largos discursos; un único susurro bastó:

El mundo se detuvo en ese instante. Vi descender sobre mí el hacha de Klaus, como un sol negro que reclamaba mi cabeza. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Una chispa dorada se interpuso. Cassian, Capitán Custodio, desvió el filo con un solo movimiento, preciso como un juicio divino.

La furia de Dominicus fue palpable, casi física. Sus dedos se crisparon sobre los brazos del trono, y como perros encadenados a su rabia, sus campeones se lanzaron. Klaus rugió, pero fue enviado por los aires por un contraataque del Capitán Custodio, su cuerpo golpeando los escalones. Erik, en cambio, era otra cosa… su espada era pura disciplina, una danza de acero que incluso logró contener el avance del guerrero dorado.

El caos se desató. Los Custodes se cerraron en formación a mi alrededor, su fulgor dorado resistiendo la marea de fieles enloquecidos que, al grito de “¡Herejes!”, trataban de abalanzarse sobre nosotros. El palacio entero ardía en clamor, en odio y en sangre. Los lobos y templarios en torno a Dominicus se retiraron al interior del palacio

Y yo, aún vivo, arrastrado en medio de aquel torbellino, no podía evitar pensar que aquel era el verdadero rostro del Imperio: hermanos enfrentados, la fe convertida en arma, y las calles del Palacio Pío a punto de mancharse una vez más con la sangre de los suyos.

Pandemius - Capítulo III: El Rumor del Eco Vacío.

Muerte en las calles - Ciclo 1

✦ El Rumor del Eco Vacío ✦


Registro de voz hallado en la nave Virulencia Silente, sector de cuarentena VII. Voces distorsionadas. Nivel de coherencia: inestable.

El segundo no respondió enseguida. Solo el zumbido de las moscas llenó el silencio.

Y mientras hablaban, una campana invisible sonó en la distancia.
Lenta.
Hueca.
Imposible.

El registro se interrumpe en ese punto.
Solo queda el eco de un siseo final, como el último aliento de un cuerpo que no recuerda si está vivo o muerto.

¡WAAAGH! – Capítulo III: La oscura noche verde.

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¡WAAAGH! – La oscura noche verde.


El campamento estaba en un silencio únicamente roto por el chisporroteo del fuego y el repiqueteo de la lluvia en las chapas oxidadas. No había peleas, ni carcajadas, ni gritos. Solo un chiko, sentado frente al Ezkurridor, con los ojos clavados en el suelo mientras hablaba.

Levantó la vista un instante. El reflejo del fuego hacía brillar sus pupilas temblorosas.

El Ezkurridor no dijo nada. Solo apoyó los codos en las rodillas, se acercó la mano a la boca adoptando una postura pensativa, y dejó que el boy siguiera. Los demás pieles verdes del corro miraban en silencio, algunos frunciendo el ceño, otros sin poder disimular el miedo.

El chiko tragó saliva.

El fuego crepitó. Nadie se atrevió a reír ni a gruñir. Solo el silencio pesado del recuerdo. El Ezkurridor apretó la mandíbula, sus cicatrices se tensaron.

Entonces el Ezkurridor habló, despacio, con un tono grave que hizo callar hasta a los gretchins más revoltosos.

Levantó la mirada, y el reflejo del fuego se prendió en sus colmillos.

Y todos los allí presentes supieron que lo dicho no era orden, sino destino.

El fuego siguió ardiendo, pero nadie osó romper el silencio. En aquel momento comprendieron que el Ezkurridor no hablaba como jefe, sino como oráculo de lo que vendrá: el regreso de La Beztia.

Azrak: Capitulo III: El don del Gran Padre

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El don del Gran Padre


Azrak inclinó su rostro cubierto por la capucha sobre el pergamino de piel curtida que se extendía ante él. La penumbra de la cámara solo estaba rota por el parpadeo enfermizo de los braseros de incienso pútrido, y el sonido de su cálamo de hueso raspando la superficie viscosa del pergamino era la única señal de vida. Su caligrafía, meticulosa y obsesiva, trazaba las cifras, los nombres y las pérdidas sufridas en el fragor de la última contienda. Cada símbolo era un recordatorio de la derrota, pero también, en la lógica incognoscible de Nurgle, una semilla de futura abundancia.

El silencio se volvió denso, cargado de esporas. La caligrafía de Azrak se detuvo cuando la carne misma de las paredes palpitó como si respondiera a su informe. El aire se abrió en un hedor inenarrable, y de esa brecha surgió una criatura amorfa, enorme y viscosa. Avanzaba con un chapoteo repulsivo, cada paso dejando un charco de moco hirviente. De sus fauces babeantes caían hilos de bilis que corroían el suelo, y aunque ciega, se orientaba con la certeza instintiva de las creaciones del Padre de la Plaga. El monstruo exhaló un borboteo húmedo, casi como un saludo, y se postró ante el auditor.

Azrak alzó la vista, su rostro deformado iluminado por el brillo mortecino del brasero. No pronunció palabra alguna, pero en el fondo de sus pupilas purulentas brilló un destello de reconocimiento. El Gran Padre había respondido a sus registros, otorgándole un obsequio: una montura viviente, un compañero de podredumbre.

El auditor sabía que ese momento había sido ya registrado en las cuentas del Gran Padre mucho antes de que él respirara por primera vez. Cerró el pergamino con un gesto solemne y, al extender la mano sobre la carne supurante del ser, pronunció en un murmullo:

—Fétido.

El nombre no fue una elección, sino una revelación.

Azrak cerró el pergamino con gesto solemne y se irguió. El hedor que emanaba de Fétido no lo repelía; lo envolvía como un manto sagrado. En silencio, acarició el costado de la criatura, y ésta respondió con un estremecimiento viscoso, como si comprendiera el vínculo que acababa de sellarse.

La derrota había sido registrada, auditada y comprendida. Pero en la balanza de Nurgle, incluso la pérdida era una victoria en ciernes. Alzó la vista bajo la penumbra de su capucha, mientras la bestia resoplaba a su lado. Con voz baja, grave como un réquiem, dejó escapar las palabras que marcarían la siguiente entrada de su auditoría inmunda:

—Todo se anota. Todo se paga.

Crónica de Azrak, Auditor del Padre de la Plaga.

Cassior Thravian, capítulo III: Entre la Luz y la Podredumbre

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entre la Luz y la Podredumbre


El edicto imperial era claro: Raldeo Seth debía ser entregado prisionero en el Palacio Pío antes del anochecer.

Encadenado sin ofrecer resistencia, Raldeo Seth caminaba con la cabeza erguida, sin pronunciar una palabra. Solo el crujir de la armadura de los Custodes resonando entre los cañones marchitos de Cifrus Secundus.

Avanzábamos hacia el corazón del juicio: el Palacio Pío, donde Dominicus el Pío —voz del Emperador en este mundo— aguardaba la entrega del Capitán caído. No me correspondía cuestionar la orden, aunque el peso de ella me desgarraba dada la oscuridad que la envolvía. Pero incluso la pureza dorada de Terra debe cargar, a veces, el fardo de las sombras que protege.

Fue en el paso de Virex, entre las ruinas de lo que una vez fue una fortaleza imperial, donde una nueva trampa enemiga nos aguardaba.

Primero llegó el hedor. Dulzón, viscoso, una peste que hacía sangrar los sensores y los recuerdos. Luego, los drones de plaga descendieron como langostas impuras, arrastrando consigo las campanas de la condenación. Y tras ellos… Azrak, a bordo de un Land Raider putrefacto.

Lo reconocí por los cráneos que portaba colgando como reliquias sagradas. Su armadura era una amalgama de metal oxidado y carne hinchada. Su voz, cuando habló, fue como una plegaria invertida:
—Cassior... Custodio del trono dorado... ¿Vendrás tú también a supurar junto a nosotros?

La infantería de Nurgle brotó como una marea —zombis, portadores de plaga, bestias de la disformidad, todos bajo el estandarte pútrido de Azrak, el Juicio de Nurgle—. Nos superaban. Otra emboscada perfecta. Otra danza con la derrota.

No podía repetir el Guantelete. No podía volver a fallar.
Miré a Seth. Seguía en pie, aún con los grilletes puestos, su mirada clavada en el enemigo con una mezcla de furia contenida y un hambre que reconocí... el hambre de redención.
Me acerqué. El protocolo me gritaba que no. Mi formación, mi juramento, mi deber... todos me susurraban advertencias. Y sin embargo, el guerrero en mí habló:
—Si sangras por el Imperio una vez más... tus cadenas caerán.

Él solo asintió. Y dio comienzo a la batalla.

Custodes y Ángeles Sangrientos. Oro y rojo, relámpagos y lanzas, fuego y colmillos. Cayeron plagas y demonios. Los cielos se tiñeron de podredumbre y las ruinas temblaron bajo la furia de un capítulo deshonrado y una legión incorruptible. Vi a Seth desgarrar a una bestia demoníaca con sus propias manos, la sangre negra chorreando como lluvia sobre su rostro. Vi a mis hermanos caer, pero no retroceder. Y vi a Azrak tambalearse cuando mi lanza atravesó su pecho pestilente. Malherido, desapareció en medio de un torbellino de moscas de Nurgle, con una risa maquiavélica.

La plaza quedó bajo nuestro control, pero no celebramos. No había nada que celebrar.


Llegamos al Palacio Pío cubiertos de ceniza y restos de la guerra. Custodes al frente, Seth entre nosotros, sin grilletes, sin cadenas, pero con la sombra del juicio aún pendiente sobre sus hombros. Algunos feligreses gritaron al vernos, otros callaron.
Me adelanté.
"Traigo al Capitán Raldeo Seth para juicio, tal como dicta el Edicto Carmesí —anuncié, con la voz más firme de la que creía disponer—. Pero también traigo pruebas. Traigo testimonio. Y traigo una verdad que se ha ganado el derecho a ser escuchada... con sangre."

Dominicus nos espera. Y Ciphrus Secundus jamás será el mismo.

Diario de batalla de Cassior Thravian, Capitán de los Adeptus Custodes. Vigilante de las Puertas Doradas.
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