Ecos en Xanatar, horror bajo Ferrum.

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Mural de Sangre

La nave vibraba, cortando la inmensidad de la disformidad como un filo mellado y sucio. No había tiempo, no había margen para advertencias vacías a un concilio que se ahogaba en su propia burocracia.

Ellos no harían nada.

Yo sí.

Xanatar quedaba atrás, su pútrido resplandor oscurecido por las tormentas psíquicas que latían en su cielo como venas infectadas. En el linde de su pestilente dominio, más allá de la vigilancia de Pandemius, los Irreductibles aún resistían. Viejos cultistas de Minerva, traicionados por la ruina de la Mente Enjambre, condenados a ser parias en un mundo que nunca debió ser suyo.

Me recibieron con armas en alto, pero no con miedo. La Oráculo ya lo había previsto.

Minerva.

No ella. No como la recordaba.

Cuando la vi, proyectó en mi mente su imagen de antaño, fuerte, indómita… viva. Pero las mentiras psíquicas no engañan a quien sabe ver. Mi mente rompió su engaño y la realidad me golpeó como un mazo.

Aquello no era Minerva.

Era un retorcido reflejo, un eco de lo que una vez fue. Su carne mutada en una fusión imposible entre un horror disforme y la silueta flotante de un zoántropo, sus extremidades ya poco más que retorcidas garras atrofiadas. Sus ojos brillaban con la locura de quien había visto más allá del velo… y había regresado.

No habló. No con palabras.

Me guió por las ruinas de su gente, a través de túneles excavados en la muerte misma. Pasamos entre los restos de arquitectura eldar, esqueletos de antiguas civilizaciones que no habían resistido el embate del tiempo. Hueso espectral corroído, monolitos caídos y escaleras que se hundían en la tierra más vieja que la propia guerra.

En lo más profundo de la cripta, bajo sombras que el tiempo había olvidado, lo vi.

Un mural.

Rápido, torpe, ansioso… escrito con la desesperación de alguien que ya no temía la muerte. Trazos sin sentido al primer vistazo, pero con un orden que solo los ojos del entendimiento podían percibir.

La leyenda de Ferrum.

Y lo que yacía atrapado bajo el pilón.

Los cuerpos de los eldars se amontonaban alrededor, sus rostros congelados en un horror indescriptible. En sus manos, aún crispadas por la agonía, quedaban restos de sus propias entrañas, la tinta con la que el Cantor de Huesos había grabado su mensaje en la piedra.

El pilón no era un escudo. No era una prisión.

Era una puerta.

Mi sangre se congeló.

Minerva, o lo que quedaba de ella, habló una última vez en mi mente.

"Ahora entiendes. Ahora debes elegir."

Y por primera vez en toda mi existencia, no supe qué hacer.

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