EN MI TRONO DE PUS Y PODREDUMBRE
Desde lo alto de mi catedral de huesos y carne en descomposición, observo el horizonte de Xanatar.
La tierra resquebrajada exhala un aliento fétido, el aire viciado por la enfermedad y la muerte. Desde aquí, sobre mi trono construido con los restos del gran biotitán tiránido, siento el pulso del universo, un latido hinchado de pestilencia y desesperación.
Pero, por alguna razón… no me satisface.
Algo sigue escapando de mis garras, algo importante.
Y como si no fuera suficiente, ese molesto insecto no para de hablar.
—Pandemius, oh gran pestilente, debes ver el panorama completo. —Su voz gotea falsa admiración mientras revolotea a mi alrededor, cambiando de forma constantemente. Primero un anciano, luego un niño, luego una criatura sin rostro. El Testigo.
Un inútil, un bufón. Una molestia.
—Los engranajes están girando, mi señor de la putrefacción. El destino se retuerce, y tú puedes ser quien lo infecte… si sabes dónde meter el pus.
No respondo.
Me limito a ver cómo la carne supurante de mi trono late con cada respiración.
El Testigo sigue parloteando.
—Las oportunidades se presentan a los que saben verlas. Y créeme, la tormenta que se acerca es un festín para los tuyos.
Lo ignoro.
—Pero claro… si prefieres seguir contemplando tu magnificencia en lugar de actuar…
Mis dedos se tensan en los reposabrazos del trono. Estoy a punto de aplastarlo, de reducirlo a una masa de carne rota solo por el placer de callarlo…
Entonces dice algo curioso.
—La colmena caerá en ocho días.
Levanto la mirada.
Él sonríe.
—Muchas cosas serán reveladas… y el Caos se filtrará una vez más en el Séptimo Día de Ferrum el Grande.
El Séptimo Día.
Una festividad estúpida de los habitantes de la colmena, una celebración en honor a su fundador.
Un día de devoción, de procesiones, de cánticos.
Un día en el que las masas estarán juntas, vulnerables.
Mi mente, hasta ahora cubierta por el manto de la indiferencia, cobra un nuevo brillo de entendimiento.
—Oh… —susurro con una mueca de diversión.
El Testigo ríe suavemente, cambiando de forma una vez más.
—Ahora tienes mi atención.
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