Las Profundidades de la Acrópolis
Las profundidades de la Acrópolis resonaban con el eco de pasos metálicos y murmullos silenciosos en la negrura. Solo la luz verdosa de los criptosarcofagos, alineados en hileras infinitas, iluminaba el camino de mi marcha. Caminaba tras El Retorcido, observándolo con la misma minuciosidad con la que inspeccionaba mis huestes. Alguna vez le encontré útil, una amalgama perfecta entre conocimiento arcano y servilismo mecánico. Ahora… ahora no estaba tan seguro.
Pasé revista a los míos. Silenciosos, inquebrantables. Guardianes de secretos enterrados antes de la caída de los cielos. Cada uno, un vestigio del esplendor de la casa de los Tecnomandritas. Eran míos, eran el pilar sobre el que se sostenía el dominio del Astra Concilium. Pero El Retorcido… él no era mío. Él era un vestigio de otra era, una herramienta que empezaba a descomponerse bajo el peso de su propia obsolescencia. No podía permitir que su fallida voluntad socavara mi gran empresa.
Mientras avanzábamos entre criptas y obeliscos silentes, recordé el precio de esta guerra. Recordé el camino que me llevó hasta Trazyn y su maldita colección. Ah, el viejo loco… un charlatán de otro tiempo, un avaro que acumulaba tesoros no por su utilidad, sino por el simple placer de poseerlos. Pero lo necesitaba. Lo necesitaba más de lo que él necesitaba sus absurdos trofeos.
Viajar a Solemnace fue en sí mismo un desafío, pues la neblina de su fortaleza, entretejida con la propia cronotemporalidad, hacía imposible avanzar sin su permiso. Y cuando al fin lo encontré, entre pasillos de mármol negro y vitrinas llenas de héroes cristalizados en el tiempo, su risa chillona y su mirada llena de avaricia me recibieron como a un viajero perdido.
—¡Ah, el gran Alastor! —entonó con su voz plagada de burla—. ¿Vienes a admirar mi museo, o traes algo con qué engrosarlo?
No tenía tiempo para sus juegos. Sabía lo que quería, y sabía lo que le costaría. Reliquias de los Ángeles Oscuros, trofeos de Magistrat, incluso pequeñas escuadras secuestradas en antiguas batallas. Eran premios que habían costado la vida de miles de mis subalternos. Pero todo fuera por el Mysterium.
Negociamos. Argumentamos. Mentimos. Perdí más de lo que hubiera querido en las garras de ese insidioso parásito, pero el premio final bien valía el sacrificio. El Mysterium.
Un artefacto envuelto en sombras, un mecanismo que no solo prometía liberar, sino también controlar. Un arma, una clave, una jaula… todo en uno. Me había costado, pero ahora era mío.
La pregunta era: ¿por cuánto tiempo?
Los pensamientos volvieron a la Acrópolis, a la sombra de El Retorcido caminando delante de mí. Lo observé una vez más, con ojos que ya no veían a un aliado, sino a una molestia esperando ser extirpada.
El tiempo de su utilidad llegaba a su fin. Y en la guerra que se avecinaba, solo los verdaderamente valiosos tendrían un lugar a mi lado.
Con el Mysterium y el Obscurum en mi poder... los últimos pasos de mi plan maestro están muy cerca.