Epílogo: El Laboratorio de La Araña
Los oscuros laboratorios de La Araña vibraban con un silencio inquietante.
El aire olía a químicos, a sangre antigua, a promesas rotas… y a victoria. Fabius observaba su creación, recorriendo con los dedos enguantados las interfaces de cristal y acero que contenían el cuerpo de Dominicus.
Entonces, Dominicus abrió los ojos.
Y no era el Dominicus que todos conocían. No era el hereje consumido por la disformidad ni el hombre que había reído sobre las almenas de su Palacio Pío. Era un ser perfecto, joven, de proporciones imposibles, equilibradas como si la propia geometría del Universo lo hubiera diseñado.
La base genética de los Primarcas fluía por sus venas, manipulada, perfeccionada, liberada de los errores de la carne mortal. Dominicus parpadeó, balbuceando, sin comprender del todo dónde estaba ni qué había ocurrido.
Fabius se inclinó, con una sonrisa fría, acariciando la superficie metálica de los tubos de soporte.
—No te esfuerces —dijo con calma, como un maestro a su obra—. Todo esto… es un éxito.
Dominicus lo miró, con ojos que brillaban con luz nueva. No entendía, y sin embargo sentía su poder, su dominio sobre la vida y la muerte.
—Eres un dios entre mortales —continuó Fabius—. Ni el mal de Nurgle ni la Muerte misma pudieron tocarte. Has atravesado lo imposible. Sobreviviste al colapso de Ferrum, a la disformidad desatada, y ahora eres… perfecto.
Fabius dio unos pasos atrás y observó cómo los sistemas del laboratorio recargaban la vitalidad del nuevo Dominicus. Los monitores parpadeaban, mostrando estadísticas de regeneración, resistencia y capacidad psíquica que superaban a cualquier humano, a cualquier Astartes conocido.
—El Proyecto Vithas ha alcanzado su cúspide —dijo—. Con esto, nuestras tropas no solo sobrevivirán al caos… sino que podrán reclamar el mundo, reconstruirlo a nuestra imagen.
Dominicus respiró, profundo, consciente de su poder, pero todavía limitado por la carne que aún se reconfiguraba. Sus ojos brillaban con la promesa de futuro, con la amenaza de destino.
Fabius sonrió. No había alegría, solo cálculo y certeza.
—Mira, Dominicus… el mundo ya no nos pertenece. Ahora… te pertenece a ti.
En la oscuridad del laboratorio, mientras los sistemas de soporte zumbaban y los tubos de regeneración se cerraban, una nueva era se preparaba. Una era donde la muerte, el pecado y la disformidad ya no dictarían las reglas.
Porque el nuevo Dominicus había nacido… y con él, el Gran Juego apenas comenzaba.
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