Valacor, Ángel de la Ira
Subo los escalones.
En Ilas, incluso la dirección carece de sentido, pero estos peldaños conducen a algo antiguo. Aquí las sombras son blancas, y la luz se derrama oscura, densa como el corazón más negro de un dios olvidado. Cada paso resuena en un templo que no fue construido… sino recordado por la disformidad.
Los pilares me esperan arriba.
Sonrío mientras avanzo.
Qué deliciosa ironía ha sido negarle a Khorne su cosecha. Sangre derramada. Cráneos ofrecidos. Ira desatada… y ninguno de ellos para su trono.
Mientras subo, las visiones regresan como fragmentos de guerra aún calientes.
Orkos cayendo en montones verdes y humeantes, sus gargantas abiertas mientras rugían desafíos inútiles.
Templarios Negros arrojándose al combate con su fanatismo hermoso, incapaces de comprender que su furia ya no alimentaba a su dios enemigo.
Incluso Custodes… dorados, perfectos, cayendo bajo golpes imposibles.
Todos ellos.
Una pila de cráneos.
Un mar de sangre.
Pero no en nombre de Khorne.
En nombre de la Ira.
Mi risa se desliza por el templo como una cuchilla.
Tan frustrante fue para él… tan insoportable… que la propia realidad de Ilas respondió a su rabia. Un estallido que vaporizó cuerpos y almas por igual en su furor ciego.
Un movimiento absurdo.
Porque esas almas no eran suyas.
Son mías.
Mías.
Yo soy Valacor.
El Ángel de la Ira.
Más antiguo que Khorne en este rincón de la disformidad, más puro en la esencia de lo que represento. Él es guerra ritualizada, codificada en tronos y montañas de cráneos. Yo soy algo anterior.
La ira desnuda.
La furia que nace antes de que exista un dios que la reclame.
Me detengo al fin ante el pilar.
Carmesí.
Supurante.
Hecho de sangre petrificada y cráneos fundidos en una arquitectura imposible.
Y en su centro… una grieta palpitante, abierta como un remolino vivo que se retuerce alrededor de la piedra. La herida late, respondiendo al eco del octavo día.
Paso la mano por su superficie, sintiendo la vibración del lugar.
—Perfecto…
La grieta que los incautos abrieron aquel octavo día es exactamente lo que necesito. Con el tiempo, con suficiente violencia, el pilar se quebrará.
Pero no aún.
Primero liberaré mis legiones.
Las dejaré caer sobre esos pobres desgraciados que aún luchan creyendo que defienden algo. Que sobreviven por mérito. Que resisten por fe.
Los dejaré matarse.
Cuando la sangre les cubra las rodillas…
cuando la ira devore lo último que quede de ellos…
Entonces el pilar caerá.
Solo pensarlo hace que el corazón del antiguo templo palpite.
La grieta se abre un poco más.
Sonrío.
Y al alzar la mirada, veo la estrella de ocho puntas grabada en lo alto del santuario, cubierta de sellos arcanos que aún resisten.
Inclino ligeramente la cabeza.
—Pronto… —murmuro—. Pronto nos reuniremos de nuevo.
La guerra apenas ha comenzado.

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